Vivimos en un sistema operativo que se ha colgado.
La realidad se ha vuelto predecible, el futuro parece un render corporativo que no nos incluye, y la literatura de género, muchas veces, se siente como un juguete importado que no tiene pilas.
Nos dijeron que la Ciencia Ficción ocurría en Nueva York o Tokio. Que la Fantasía eran castillos europeos. Que la aventura era para gente con dinero.
Nos mintieron.