CAPÍTULO 1. EL CASTING (LA CAZA)
La sala de crisis olía a desodorante barato vencido. El equipo llevaba doce horas filtrando la basura demográfica del país, buscando una aguja en un pajar de mediocres.
Sofía observaba desde la cabecera. No buscaban al mejor. Buscaban al más moldeable.
El de la Caspa proyectó el siguiente perfil en la pantalla holística. Se rascó la cabeza, dejando caer una nevada gris sobre su teclado retroiluminado.
Sofía lo ignoró. La segunda vez que el casposo dejó caer su cascada, desvió la mirada hacia el reloj. A la tercera, sintió el impulso físico de despedirlo solo por higiene.
—Candidato 402 —dijo el analista, sin dejar de rascarse—. Abogado de derechos humanos. Salvó a tres orfanatos de la quiebra. Tiene una fundación de rescate de perros cojos. Impecable.
Sofía suspiró. El sonido fue un silbido agudo que cortó el aire viciado de la sala.
—Rechazado —dictaminó.
—¿Por qué? —preguntó La de las Uñas, arrancándose un padrastro del dedo índice con los dientes. Llevaba todo el día haciéndolo sangrar—. Es un santo, jefa. Los focus group lo amarían.
Sofía se frotó las sienes. Le dolía la cabeza detrás de los ojos, ese dolor punzante de tener que explicar la mecánica del poder a gente que solo entendía de algoritmos.
—No necesito un santo —dijo, girando su silla hacia ellos—. Un santo tiene principios. Los principios son caros. Si le pido que firme una ley para privatizar el oxígeno, me va a decir que no por "ética".
Señaló la pantalla con un gesto desganado.
—Siguiente.
El de la Caspa tecleó. Apareció un tipo con cara de haber pateado a alguien recientemente. La mandíbula tensa, la mirada de tiburón.
—Candidato 403. General retirado. Mano dura. Tiene antecedentes por corrupción, pero fueron archivados bajo secreto de estado. La gente quiere seguridad.
—Rechazado.
—¿Muy violento?
—Muy sucio —respondió Sofía, poniéndose de pie—. Si ya robó, tiene sus propios vicios. Un hombre que ya se vendió es un problema, porque puede revenderse al mejor postor. Yo no quiero comprar un producto usado.
Caminó por la sala. El zumbido de los servidores era el único sonido de fondo.
—Escúchenme bien, par de inútiles —dijo, apoyando las palmas en la mesa de vidrio sintético. Dejó sus huellas marcadas en la superficie—. No estamos buscando un líder. No estamos buscando un héroe. Ni siquiera estamos buscando un villano.
Miró a El de la Caspa. Luego a La de las Uñas.
Tenían miedo. Bien. El miedo enfoca la mente mejor que la cafeína.
—Estamos buscando un envase —sentenció—. Un cascarón vacío. Alguien tan desesperado, tan roto y tan insignificante que nos agradezca cuando le metamos la mano por el culo para moverle la boca.
—Un nadie —susurró La de las Uñas, escupiendo un trozo de piel muerta.
—Exacto. Un cero a la izquierda que podamos convertir en un uno. Quiero deudas. Quiero tragedias familiares. Quiero a alguien que se esté ahogando y que vea nuestra mano como la única maldita tabla de salvación en el océano.
El silencio volvió. Solo se escuchaba el tic-tic-tic de La de las Uñas atacando su cutícula ensangrentada.
Pasaron diez minutos. Pasaron veinte. A los treinta, El de la Caspa detuvo su mano a medio camino de su cuero cabelludo.
—Creo que tengo algo —murmuró.
En la pantalla apareció un rostro común. Pómulos blandos. Ojos cansados. El tipo de cara que uno olvida tres segundos después de verla en el metro.
—Arturo Benítez —leyó—. Profesor de Historia en un liceo subvencionado. Sueldo mínimo.
—¿Cuál es el gancho? —preguntó Sofía, acercándose.
—Deuda hospitalaria. Nivel catastrófico.
El de la Caspa amplió la información médica con un gesto rápido.
—Su esposa, Clara Ramírez. Accidente vascular hace seis meses. Está en coma inducido. El seguro se lavó las manos porque encontraron una preexistencia en la letra chica del contrato. Él debe... —silbó— ochenta millones y subiendo.
Sofía se inclinó sobre la mesa. Estudió los ojos de Arturo Benítez en la fotografía.
No había ambición. No había maldad. Solo había pánico.
—¿Familia? —preguntó.
—Nadie. Solo ella.
—¿Afiliación política?
—Votó nulo en las últimas tres elecciones. Escribió "Váyanse a la mierda" en la última papeleta.
Sofía sonrió. Fue una sonrisa fría, mecánica. Sintió cómo sus músculos faciales crujían por la falta de uso genuino.
—Es perfecto.
La de las Uñas dejó de morderse el dedo. Miró a su jefa con una mezcla de admiración y repulsión.
—¿Lo traemos?
Sofía negó con la cabeza lentamente.
—No. Nosotros no lo traemos. Hacemos que él venga.
Se giró hacia la ventana. La ciudad brillaba abajo, una metrópolis enferma ajena a que acababan de elegir a su nuevo rey.
—Ejecuten la orden de embargo sobre el soporte vital de su esposa —ordenó, sin mirar atrás—. Y luego, manden a Valdés a esperarlo en la cafetería del hospital.
¡CLACK!
Sofía cerró la carpeta física que llevaba en la mano. El juego había comenzado. Y Arturo Benítez ya había perdido.