Lo primero que alertó al Sargento Costuras no fueron los ojos rojos en la oscuridad. Fue el zumbido.
Era un sonido eléctrico, agudo y molesto, como el de un mosquito gigante. Venía de su derecha, rompiendo el sagrado silencio del Bajo Cama. Costuras giró su único ojo de botón. Allí estaba el recluta. Zip. Brillaba como un árbol de navidad en medio de un túnel.
El robot nuevo estaba agazapado sobre la alfombra vieja. Sus plásticos impolutos y plateados reflejaban una luz azul que manchaba las sombras. Sus ventiladores internos rugían, expulsando aire caliente que levantaba remolinos de pelusas grises.
—Amenaza detectada en el sector siete —anunció Zip. Su voz robótica no susurró; proyectó. Cortó la oscuridad con la sutileza de un ladrillo rompiendo una ventana—. Iniciando secuencia de fuego a discreción.
El pánico golpeó a Costuras más fuerte que cualquier golpe enemigo.
—¡Cállate! —siseó el oso.
Costuras se lanzó hacia adelante, ignorando el pinchazo de dolor en la costura de su rodilla, y placó al robot contra el suelo polvoriento. El impacto levantó una nube de polvo, pero al menos ahogó el zumbido de los motores.
—¡Suéltame, unidad obsoleta! —protestó Zip, su voz amortiguada por la panza de felpa de Costuras—. Mis servos están siendo... ¡mmfhh!
—Vas a despertar al niño —gruñó Costuras al oído de plástico del novato, aplastando con su pata de trapo las luces del pecho que parpadeaban en rojo alerta—. Y si el niño despierta y ve lo que nos está mirando... se acabó la misión.
Zip dejó de forcejear un segundo. Sus ojos digitales parpadearon.
—Tu tasa de éxito basada en el sigilo es del 37% —dijo el robot con frialdad—. Mi algoritmo táctico dicta la eliminación inmediata por láser.
—Tu algoritmo es idiota —susurró Costuras—. Mira hacia las pantuflas. Mira de verdad.
Zip giró la cabeza motorizada con un whirrrr suave. En la negrura, más allá de los calcetines perdidos y las cajas de zapatos viejas, la oscuridad parpadeó.
Dos ojos rojos se abrieron en el aire. No tenían pupilas. No tenían párpados. Eran dos heridas de luz escarlata flotando en la nada. Y tenían hambre.
—Contacto visual confirmado —informó Zip, bajando la voz a un susurro metálico por primera vez—. Escaneando... Objeto desconocido. No figura en la base de datos de Juguetes Galácticos. ¿Es un error del sistema?
—No es un error —dijo Costuras, poniéndose en pie lentamente y desenfundando su vieja aguja de tejer. El metal brilló débilmente—. Es una Sombra de nivel cuatro. Y viene a cenar.
La Sombra soltó un siseo que sonaba como uñas rasguñando una pizarra. Una garra de humo negro se estiró hacia ellos. Zip levantó su brazo. Su muñeca brilló con luz roja.
—Cargando cañón de iones. Potencia al máximo.
Costuras le dio un manotazo en el brazo, desviando el cañón hacia el suelo.
—Nada de luces, novato. Nada de ruidos —El Sargento hizo girar la aguja en su mano—. Yo la distraigo. Tú flanqueas. Y por el amor del Fabricante... apaga tus malditos ventiladores.
El Sargento cargó contra los ojos rojos en silencio absoluto.