Dieselpunk, Historia Alternativa, Aventura Náutica, Acción Bélica donde El desastre ecológico como herencia de la guerra y la consolidación de la familia encontrada como refugio ante el colapso..
EL DESIERTO FUE EL INFIERNO. EL MAR ES LA TUMBA.
Tres meses después de Humberstone-X, el Océano Pacífico se ha podrido. Una "Marea Roja" avanza hacia la costa, convirtiendo la carne en piedra y a los hombres en estatuas vivientes sin dolor ni miedo.
Para detener el fin del mundo, el Capitán Varela deberá reactivar a la tripulación más disfuncional del hemisferio sur: Valentina, cuya prótesis de vapor libra su propia batalla contra la corrosión; el Tata, un veterano de la Guerra del 79 con más explosivos que paciencia; un químico neurótico y la Komisaria —un cerebro humano preservado en un chasis de combate, que ahora exige modales victorianos mientras descuartiza enemigos—.
Sin alas y sin opciones, tendrán que hacer lo impensable: convertir su avión en un tanque y descender al infierno de una mina inundada, atrapados entre piratas sedientos de sangre y submarinos nazis que no deberían existir.
Bienvenidos a la Zona de Exclusión. Aquí nadie se hunde solo.
Índice de Archivos y Capítulos
VALPARAISO, FINALES DE 1938
Capítulo 1: EL REPARTIDOR
Capítulo 2: PESCA MILAGROSA
Capítulo 3: LA DIVA Y LA TORMENTA
Capítulo 4: PESADILLA EN EL MANGLEAR
Capítulo 5: LOS HERREROS DEL MIEDO
Capítulo 6: EL OJO DE VIDRIO
Capítulo 7: EL CUARTO OSCURO
Capítulo 8: PLAN DE VUELO PARA UN FUNERAL
Capítulo 9: LA BALSA DE LOS MUERTOS
Capítulo 10: LA CUARENTENA
Capítulo 11: ANATOMÍA DE UN MOTOR V12
Capítulo 12: EL PUEBLO FANTASMA
Capítulo 13: LA REINA DEL ALAMBRE
Capítulo 14: LA EMBAJADA DEL DIABLO
Capítulo 15: BOTELLAS ESPAÑOLAS
Capítulo 16: LA CARRERA DE LA MUERTE
Capítulo 17: LA BATALLA DEL TUBO
Capítulo 18: LA ÚLTIMA GOTA
Capítulo 19: EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Capítulo 20: ASCENSIÓN MECÁNICA
Epílogo: EL MAR SIGUE AHÍ
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Periodista de profesión, programador por hobby, escritor por pasión. Me mueven las historias donde pasan cosas, las apuestas son altas y hay algo más escondido para rumiar y pensar.
Esa era la única forma de describirlo. Tres meses después de que voláramos la refinería de Humberstone-X, la infección había bajado de la pampa al mar. Abajo, a cincuenta metros de nuestra panza de cobre, el mar ya no era azul ni verde. Era una sopa densa y negra, parecida al aceite de motor quemado, que se movía con una lentitud obscena. Las olas no rompían contra la costa; se arrastraban, dejando una costra de espuma violeta y tóxica sobre las rocas.
—Temperatura del agua de refrigeración subiendo —cantó el Tata Orellana desde la torreta trasera. Su voz sonaba metálica por el intercomunicador—. Estamos chupando lodo químico, Varela. El radiador va a escupir los sellos si no subes.
—Si subo, el radar del Graf Zeppelin nos va a pintar como un árbol de pascua —respondí, aferrándome a la palanca del Fénix—. Mantén la mezcla rica. Prefiero fundir un pistón que comerme un misil nazi.
El Fénix vibraba como una licuadora llena de tuercas. Nunca fue una máquina bonita; nació siendo un engendro de piezas robadas y soldaduras de urgencia, pero esta nueva versión era una ofensa a la aerodinámica. Ahora tenía el casco reforzado con placas de calderas oxidadas y olía permanentemente a brea y ozono. Éramos una cucaracha blindada volando sobre un sartén caliente.
Miré a mi derecha. Valentina estaba ajustando la presión de la "Compuerta de Judas", nuestra nueva bahía de carga ventral. Su brazo mecánico brillaba con un tono verdoso; el latón naval aguantaba la sal mejor que el bronce, pero el mar de Salitre Negro se comía todo.
—Estamos a dos minutos de la zona de entrega —dijo ella, sin levantar la vista de los manómetros—. La "Flota Fantasma" está justo detrás de ese banco de niebla tóxica.
—¿El cliente está listo? —pregunté.
La Komisaria, que ahora parecía una gárgola de brea negra sentada entre los asientos, giró sus lentes rojos hacia mí.
<INTERCEPCIÓN DE RADIO CONFIRMADA. LOS IMPERIALISTAS ESTÁN LLORANDO. LITERALMENTE. SU NIVEL DE MORAL ESTÁ EN EL 12%. ESTÁN DISCUTIENDO SI RENDIRSE O COMERSE AL COCINERO.>
—Perfecto —sonreí a medias—. Justo como le gusta a Corbalán.
El Dr. Weiss, sentado sobre una caja de municiones en la parte de atrás, parecía mareado. No por el vuelo, sino por la carga.
—Esto es inhumano, Capitán —murmuró, mirando las cajas de madera estibadas—. Esas cajas...
—¿Qué tienen de malo, Doc? —pregunté—. Es el mejor whisky que el dinero de los contribuyentes chilenos puede falsificar.
—Es alcohol metílico rebajado y munición calibre .50 que caducó en 1925 —replicó Weiss—. Si no se matan disparando esas balas, se quedarán ciegos bebiendo eso.
—Ese es el punto, doctor —dije, empujando los gases para ganar velocidad—. Si se rinden hoy, los nazis toman la bahía mañana. Necesitamos que los gringos se sientan valientes, borrachos y peligrosos por lo menos 48 horas más. Somos el servicio de catering del apocalipsis.
El banco de niebla se abrió y ahí estaba: "La Balsa".
Era una visión dantesca. Doce destructores de la Primera Guerra Mundial, oxidados hasta el hueso, estaban amarrados unos con otros formando una isla de chatarra flotante. Habían soldado planchas de zinc, restos de aviones y basura para crear una fortaleza erizo. Chimeneas torcidas escupían humo negro al cielo gris.
Parecía un basurero flotante, pero un basurero con dientes.
—¡Atentos a los arpones! —gritó el Tata—. ¡Esos idiotas disparan primero y preguntan después!
—Valentina, abre la compuerta —ordené.
—¡Abriendo!
El suelo del avión se abrió con un gemido hidráulico. El viento salado y podrido invadió la cabina. Abajo, en las cubiertas de los barcos, vi figuras esqueléticas corriendo y apuntando cañones antiaéreos improvisados hacia nosotros.
—¡No disparen, idiotas! —grité por la frecuencia abierta—. ¡Soy el repartidor!
La Komisaria activó su nuevo módulo de voz de "Sirena de Niebla". El sonido fue tan grave que me vibraron las muelas.
<¡ATENCIÓN, PARÁSITOS DEL CAPITAL! ¡SU REFUERZO ETÍLICO HA LLEGADO! ¡BEBAN Y MUERAN POR UNA PATRIA QUE YA NO EXISTE!>
—¡Suelta la carga!
Valentina tiró de la palanca. Las cincuenta cajas salieron despedidas de la panza del avión. Los paracaídas de carga —hechos de sábanas viejas y lona— se abrieron con un flap-flap-flap sonoro.
El Fénix dio un salto hacia arriba al perder el peso.
Miré por el retrovisor. Las cajas cayeron sobre la cubierta del destructor central, el USS Arizona (o lo que quedaba de él). Vi a los marineros soltar las armas y correr hacia las cajas como animales. Uno abrió una botella de un culatazo y bebió ahí mismo, celebrando al cielo.
Disparos de alegría trazaron líneas en el aire.
—¡Yijuuu! —se oyó una voz distorsionada por la radio, con un acento tejano espeso—. ¡Dios bendiga a Chile y a su whisky, maldita sea! ¡Mañana desayunaremos alemanes!
—Dios nos perdone —susurró Weiss, persignándose.
Viré el avión hacia el este bruscamente, alejándonos de la fiesta antes de que decidieran usarnos de tiro al blanco por pura euforia etílica. El sol se estaba poniendo, tiñendo el mar negro de un rojo sangre brillante que hacía juego con lo que iba a pasar mañana en esas cubiertas.
Nadie habló durante los siguientes diez minutos. Solo se escuchaba el rugido del motor Packard luchando contra el aire denso y salado.
El Tata Orellana se limpió las manos con un trapo grasiento y escupió al suelo de la cabina. El sonido fue seco, definitivo.
—Me siento sucio, Varela.
Miré por el retrovisor. El viejo tenía la mirada perdida en el horizonte oscuro. Weiss seguía abrazado a sus rodillas, murmurando en alemán. Incluso la Komisaria parecía apagada, sus lentes rojos fijos en la nada, procesando la lógica de armar a un enemigo para matar a otro.
—Es grasa y salitre, viejo —dije, encendiendo un cigarro con manos que me temblaban ligeramente. Traté de sonar cínico, pero la voz me salió ronca—. Sale con jabón.
—No —respondió el Tata, negando con la cabeza—. Esta mugre no sale con jabón. Les acabamos de vender la muerte en botellas de litro, capitán. Y ni siquiera tuvimos la decencia de mirarlos a los ojos.
No le contesté. No tenía respuesta para eso.
Abajo, el mar de Salitre Negro burbujeó, liberando una columna de gas tóxico que el viento dispersó hacia la costa. El océano parecía tener hambre, y nosotros acabábamos de tocar la campana de la cena.
—Rumbo a Antofagasta —ordené, clavando la vista en los instrumentos para no tener que mirar atrás—. Vamos a cobrar.
El Fénix se perdió en las sombras de la costa, dejando atrás a los muertos vivientes celebrando su última noche.